Lluvia, tos, ópera, trenes, alemán y un “vuélvete a casa inmediatamente”.
Sí, me estoy recuperando de una bronquitis con tos tremenda.
Tuve voz de tenor. Hasta tuve ganas de grabar para la radio como en los viejos tiempos. Por varios días sólo comí cereal de bebé y caldo de verduras.
Aunque sigo tosiendo, la fiebre ya se fue a pasear y luego de dormir mucho, usar mis dosis de aceites esenciales, y acabarme una docena de paquetes de pañuelos desechables, me siento mucho mejor. En aras de esa mejoría, y sin contar que no entré en mis vestidos nuevos (por travesuras de la tiroides, que por cierto, ya está bajo control médico y mañana viernes me hacen nuevos análisis), decidí aceptar una invitación a una recepción en Berna.
La curiosidad de conocer al nuevo embajador de México en Suiza, no se hizo esperar. Dicen que “la curiosidad mató al gato”.
Hace por lo menos tres años que no aceptaba una invitación de ese tipo. Así que muy presta, me dispuse a viajar a la capital de Suiza.
La invitación era para hoy, jueves 14 de septiembre al medio día. Viajar a Berna significa un par de horas. Un buen trecho de camino desde mi pueblo campirano.
El cielo de la mañana despertó gris. Muy gris. Los árboles se movían como si estuviesen bailando chunchaca. El viento no cesaba de silbar y empujaba todo lo que estaba a su paso. Aún así, la curiosa de mi, se engalanó y salió de casa, no sin antes embolsar dos paquetes de pañuelos desechables, ponerme mi abrigo de invierno en otoño y preparar los guantes, por si acaso. Paraguas obligado.
Tuve la suerte de que el señor de la casa debía ir a su cita con el cirujano, así que aproveché el “aventón” a la entrada de la ciudad y me ahorré treinta minutos de caminata en la carretera, más veinticinco minutos de autobús. Aún así, debía abordar el metro que toma al menos de quince a veinte minutos, entre el trayecto y los tres minutos de espera. Me encanta la puntualidad del transporte público suizo. Ni un minuto más, ni un minuto menos.
Una vez en Lausana, y antes de entrar a la estación del tren, hice una parada obligatoria: la farmacia. Ahí mismo tomé el medicamento y con ánimo me fui al lado opuesto a tomar el tren.
Al ingresar a la sala principal de la estación ferroviaria, me recibieron con pompas y platillos. Bueno, no sólo a mi, a todos los que se encontraban en ese momento en el lugar. Nada más emocionante que ser testigo de un flash mob de ópera. Voces excepcionales. Acústica inigualable.
El tren llegó puntual. Como siempre.
A las 8:50 am, partía con dirección a la ciudad de Berna. A medio camino, el cielo se puso aún más gris e iniciaron los chaparrones. Una hora más tarde, esta curiosa estaba en la capital de la Confederación Helvética.
Como aún era temprano, tomé tiempo para "mironear" en las tiendas que están en la central de trenes. También aproveché para ir "al tocador" y "darme una manita de gato" porque salí temprano de casa y con el viento, ni un pelo estaba en su lugar.
El frío era menos que en mi pueblo, igual el viento. Se apetecía algo caliente, así que me fui a buscar un té y como un té solito es tristón, lo acompañé con unos panecitos dulces.
Finalmente llegó la hora de ir a buscar un taxi. Mi plan original era viajar en autobús y luego caminar hasta el lugar de la recepción, pero con esa lluvia, el frío y la tos que aún no se muda del cuerpo, pues mejor no arriesgarse.
Encontré un taxi inmediatamente y, para mi fortuna, el chofer comprendía francés perfectamente. Un gran alivio, porque mi alemán es verdaderamente nulo, excepto cuando duermo. Sí, no es chiste, dormida me da por hablar en alemán. Pero despierta, en mis cinco sentidos, sólo sé decir "danke", "guten morgen", "grüezi", además de una lista de vocabulario que sirve más para hacer las compras del supermercado que para entablar una conversación. Si mi bisabuela paterna viviera, seguro me jalaba las orejas por no hablar la lengua de su familia.
Pero la verdadera anécdota está aún por llegar...
El taxista, muy amable, me llevó a la dirección indicada. Le pagué, bajé del auto y se fue. Al acercarme al portón del lugar, veo llegar a un apuesto caballero vistiendo traje azul plomo y corbata. Me saluda en inglés, me da la mano y me dice su nombre. Contesto el saludo y digo mi nombre. Conversamos amenamente mientras toco el timbre. Bromea sobre lo silencioso del lugar y comenta que seguro es a causa de la lluvia. Mientras conversamos, llegan dos personas más, y otra, y otra. Finalmente se asoma una mujer vestida de cocinera. Le toma tiempo llegar al portón pues nos divide un largo pasillo que conecta a éste con la puerta principal de la residencia. Nos mira con ojos de “qué hacen aquí” y antes de que pregunte, le respondo. Al mismo tiempo otros caballeros se acercan y muestran la invitación (igual a la mía) en cuyo centro, en color dorado, aparece un águila devorando una serpiente.
Todos los presentes, excepto una servidora, eran diplomáticos.
La mujer nos responde “¿No les avisaron que el evento se anuló?”.
Heme ahí, en medio de la lluvia, rodeada de embajadores y representantes consulares, traduciendo lo que la señora, amablemente nos decía. Empiezan a conversar entre ellos. “No recibí ningún mensaje”, dijo uno, “no me avisaron” dijo otro. “No tenía idea”, expliqué. Apenada, la mujer nos pidió nuestros nombres para que la gente de la Embajada de México nos hablara para excusarse. La mayoría dejó su tarjeta de presentación. Atrás de mi, el representante de la Embajada de los Estados Unidos de Norteamérica toma su celular y llama a la Embajada de México. “Estoy frente a tus oficinas, perdón, frente a tu casa”, dice y continúa “y me dicen que se ha anulado la reunión”. Ah, ok, gracias, nos vemos mañana. Así, el hombre se convierte en vocero “Se anuló el evento, pero vuelvan mañana a las 4 de la tarde, habrá una ceremonia”. Al mencionarlo a la mujer, ella interviene y dice, si, mañana, pero no aquí, sino en las oficinas de la embajada.
De pronto, los autos siguen llegando. Todos con placas de “cuerpo diplomático”. Uno de los embajadores se apresura a avisar que no bajen de sus autos, el evento se canceló.
Con cara de asombro unos, con una seriedad inamovible otros, con desdeño uno más. Uno a uno empiezan a partir. La lluvia no cesa. No, no voy a caminar bajo la lluvia, me dije. Afortunadamente, el Embajador de Bosnia-Herzegovina amablemente se ofreció a llevarme a la estación del tren para volver a casa.
En el trayecto la conversación fue larga y amena: De geografía a política. De política a diplomacia. De diplomacia a fútbol.
Así mi día y mis anécdotas de jueves.
Escribí a la secretaria del embajador de México. Recibí respuesta. Ayer por la tarde (explicó), enviaron correos electrónicos a los invitados para avisar la cancelación. Aparentemente me escribieron a una dirección electrónica que dejé de usar desde hace “siglos”. Mi “relacionista pública interna” me hacía guiños y comentarios críticos en la cabeza. Afortunadamente la callé con una buena sopa caliente y dos rebanadas de pan tostado.
Por si desean saber el motivo de la anulación: el terremoto en México.
Puesto que volví a casa antes de lo previsto, aproveché para hablar por teléfono a mi madre y felicitarla por adelantado. Mañana conmemora un año más de que dio el grito. Sí, imagino que gritó o debo decir, lloró, como la mayoría de bebés hacen al nacer.
Para quienes no sepan, soy el fruto de la mezcla entre la independencia y la revolución.
No, no por revoltosa, luchadora social o guerrillera, aunque de guerrillera sólo llevo el nombre.
Dejen les cuento que mi madre nació un 15 de septiembre y mi padre un 20 de noviembre. Aunque de revoluciones, las únicas que he vivido hasta ahora son la Revolución Sandinista y la de mi propia conciencia. Esta última, desearía que, más que una revolución, se trate de una infinita evolución.
Saludos a todos desde la tierra de Heidi, en un jueves que culminó hace 42 minutos exactamente. Si ya culminó, entonces debo decir, bienvenido viernes. A dormir.